En los años 90 surgió un boom de series que revindicaban el protagonismo de las mujeres. Eran personajes fuertes, independientes, con carreras prometedoras y libres de elegir lo que querían en la vida. Una imagen rompedora, que se alejaba por completo de aquella de las décadas anteriores, donde la mujer vivía por y para su familia, en la mayoría de las ocasiones supeditada a un «hombre de la casa» del cual dependía, al menos, económicamente.

Series como Sexo en Nueva York o Ally Mcbeal buscaban ofrecer una imagen más tridimensional de la mujer, donde ella fuese el centro de su vida y de sus decisiones. En ambas series las protagonistas son mujeres fuertes, asentadas en carreras competitivas y que viven en una supuesta libertad total. Estas series asentaron las bases para una nueva generación más concienciada con el feminismo y la importancia de la libertad e independencia de la mujer.
Los personajes de las series se convirtieron en iconos, en ejemplos a seguir. Era fácil admirar esa libertad aparentemente sin límites, una vida sin horarios, con armarios llenos de ropa de diseño y un plan distinto cada noche. La antítesis de la vida familiar, donde todo es monótono y la satisfacción de los propios deseos se sentía ligada a una culpa desbordante por atreverse a pensar en una misma en lugar de en los demás. La mujer ideal era la que cuidaba bien de su familia. En los 90 sin embrago se materializó un nuevo ideal, donde el objetivo era ser libre de pensar en una misma

Desde la psicología, el cambio de ideal tiene muchas connotaciones. En los años 50, muchas niñas crecían con el objetivo de ser madres en un futuro, y su imagen y autoestima en parte dependía de ese objetivo. Es decir, lo que narcisizaba (lo que daba valor) a una mujer era su capacidad de cuidado hacia los demás, y su capacidad de abnegación, olvidándose de sus propios deseos y necesidades. Esta expectativa de sacrificio llegó a ser muy extrema en algunos momentos de la historia de la sociedad occidental. Esta tendencia acrecentaba a su vez una sensación de dependencia, ya que parecía que la mujer sin su familia no estaba completa, y que por ende, no podría sobrevivir.
Para contrarrestar lo extremo de esta tendencia, durante años fue surgiendo una imagen opuesta de la mujer, libre, sin ataduras, sin dependencia. Este nuevo ideal se materializa en las series de los 90. Era un cambio necesario para que las niñas pudiesen permitirse ser «egoístas» y pensar en sí mismas sin esa carga de culpa. Pero, de alguna manera este nuevo ideal alimentó la falsa sensación de independencia total. En series con Sexo en Nueva York, a pesar de tener toda esa libertad, se aprecia soledad por parte de las protagonistas. Entran en una búsqueda de pareja que por momentos parece no terminar nunca, y es su renuncia a un pedacito de esa libertad que tanto costó conseguir, lo que hace que saboteen su felicidad en ciertas ocasiones. Colectivamente, y de un modo inconsciente, se empezó a sentir culpa por querer tener un marido o una familia. A su vez se originó colectivamente una angustia en muchos casos claustrofóbica a permitirse depender de otra persona. Es por ello que a veces las protagonistas de las series encuentran amores imposibles, o renuncian a relaciones que parecen satisfactorias.
Es necesario entonces encontrar el equilibrio entre la dependencia total y la independencia total. Una dependencia parcial y limitada es lo que ayuda tanto a mujeres como a hombres a poder recurrir a otros en los momentos en los que es necesario sin sentirse desbordado por la no autosuficiencia. La clave no es negar la dependencia, si no aprender a convivir con ella y a limitarla. La enseñanza que nos dejan estas series es la de continuar defendiendo la libertad de la mujer, pero sin negar que a veces se necesita depender de los demás para construir proyectos compartidos y satisfactorios.
