Adultos, Inteligencia Emocional, Psicología y Bienestar

5 razones para ir al psicólogo

        En la sociedad actual donde la rutina está llena de exigencias, de plazos límites, de tareas interminables y múltiples responsabilidades necesitamos disponer de un momento de descanso que nos permita recuperar fuerzas y poner en perspectiva el ajetreo del día a día. Ese descanso lo puedes tener en la consulta de tu psicólogo.

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    Solemos pensar que el psicólogo se encarga de ayudar a personas que sufren de ansiedad o depresión. Pero en realidad todos nos podemos beneficiar de acudir a terapia. Disponer de una hora a la semana en la que poder desahogarte y compartir los altibajos de la vida diaria afectará muy positivamente a tu estado de ánimo. De hecho, de acuerdo con un estudio llevado a cabo por el neuropsicólogo Barsaglini, acudir a terapia produce cambios en nuestra función cerebral, logrando por ejemplo que áreas de nuestro sistema límbico (responsable de la sensación de miedo) se activen menos frecuentemente y con menor intensidad. Es decir, ir al psicólogo te ayuda a cambiar el modo en el que afrontas las situaciones estresantes, así como a mejorar en muchos aspectos de tu vida. En definitiva, ir al psicólogo sirve para:

  1. Para sentirme mejor. Ir al psicólogo implica disponer de un espacio que es tuyo, donde puedes hablar sin miedo a ser juzgado, y puedes expresar tus opiniones, tu alegría y tu malestar con total libertad. Expresarte abiertamente resulta muy liberador, y tiene un efecto catártico muy beneficioso para la mente. Te libera de un peso innecesario con el que cargas diariamente. Esto te proporciona más tiempo y energía para pensar en lo positivo de tu vida fuera de consulta, además de ayudarte a organizar y a poner en palabras aquello que te preocupa.
  1. Para vencer mis miedos e inseguridades. A veces tenemos la sensación de que nuestros miedos estarán con nosotros toda nuestra vida. Acudir a un psicólogo te ayuda a exponerte a tus miedos y vencerlos con el apoyo y la guía de un profesional. La única manera de superar un miedo es exponiéndote a él, y para eso a veces hace falta tener a alguien al lado que te guíe y anime a afrontarlo. Al vencer tus miedos, ya sea por ejemplo miedo a las cucarachas, o miedo a hacer el ridículo en situaciones sociales, ganarás seguridad en tu capacidad para vencer aquello que antes te paralizaba. Es una manera de darte cuenta de que eres capaz de hacer más cosas de las que imaginas.
  1. Para tener un momento para mí. Con el desgaste físico y emocional que suponen las presiones del trabajo y la familia es necesario cuidarse. Además, solemos centrarnos en cuidar a nuestros familiares y amigos, olvidándonos de reservar un momento para nosotros. Ir al psicólogo te asegura una hora a la semana para ti, donde trabajar tu manera de sobrellevar el estrés diario gracias a técnicas específicas con la relajación o el mindfulness. Además, es un espacio para recapacitar sobre lo que te ha sucedido durante la semana y aprender de ello. Es importante que te cuides, te lo mereces. Además, al sentirte bien podrás cuidar mejor a tus seres queridos.                                                                                                         roman-kraft-266787
  1. Para aceptar y manejar mis emociones negativas. Hoy en día tendemos a huir de las emociones negativas y tratamos de sentirnos felices todo el tiempo. Sin embargo, las emociones negativas son necesarias y útiles. Por ello, es muy positivo que empieces a darte cuenta de cuándo te sientes estresado o triste, e identifiques qué te produce esa emoción. Si la emoción es muy intensa puedes aprender a manejarla con estrategias que te enseñará tu psicólogo, como la reestructuración cognitiva, una técnica que ha probado su eficacia para cambiar la manera de ver el lado negativo de lo que sucede, y centrarnos más en el positivo. No obstante, si te ocurre un evento negativo que te produce tristeza o ansiedad es bueno que aprendas a aceptar esas emociones, ya que son adecuadas a la situación y te permiten procesar de un modo sano lo que ha sucedido. Por ejemplo, ante una ruptura con mi pareja es normal que me sienta triste. En ese caso ir al psicólogo me ayuda a poner palabras a esa tristeza, a aceptarla y a superarla, ya que es una emoción adaptativa cuando vivo un duelo por mi pareja.
  1. Para descubrir mi potencial. Un beneficio muy positivo de compartir con alguien fuera de tu entorno familiar tus inquietudes y sucesos del día a día es que esta persona puede ofrecerte una perspectiva distinta de la situación. Y no solo eso, un psicólogo puede animarte a tomar decisiones que escapan de tu zona de confort. Afrontar nuevos retos te ayudará a desarrollar nuevas habilidades y recursos que te hacen sentir más fuerte y seguro. Además, lograrás un desarrollo personal y un proceso de transformación mediante el cual adoptarás nuevas ideas o formas de pensamiento. Así, generarás nuevos comportamientos y actitudes, que mejorarán de tu calidad de vida. Para fomentar este desarrollo personal es necesario crecer modificando y madurando tus pensamientos y emociones. Para lograrlo no hay nada mejor que la ayuda de un profesional que te guíe.

    Ir al psicólogo te resultará muy beneficioso. Ya sea para potenciar tus habilidades y para crecer personalmente, como para mejorar tu salud psicológica. Te ayudará a llevarte mejor con tu pareja, a tener más confianza a la hora de relacionarte, a descubrir tu potencial en tu trabajo y a sentirte mejor con cómo eres. En definitiva, ir al psicólogo te ayudará a crecer personalmente y ser la mejor versión de ti mismo. Anímate a ir al psicólogo, ¡te cambiará la vida!

Referencias:

Barsaglini A, Sartori G, Benetti S, Pettersson-Yeo W y Mechelli A. (2014). The effects of psychotherapy on brain function: A systematic and critical review. Progress in Neurobiology, 1

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¿Cómo puedo ser más optimista?

        Ser optimista es un modo de interpretar lo que nos sucede. Nuestros pensamientos e interpretaciones modulan nuestras emociones en muchas situaciones, aunque no nos demos cuenta. Por ello es importante que detectemos qué forma tenemos de pensar, para así poder modularla hacia un modo más constructivo de interpretar lo que nos ocurre a diario.

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¿Cómo piensa un optimista?

          Ser pesimista u optimista depende en gran medida de las explicaciones que damos a los eventos negativos. Existen ciertos patrones de pensamiento característicos de cada uno, caracterizados por la explicación que dan a los eventos. Esta explicación es lo que llamamos estilo atribucional, y  son nuestros padres y profesores los que más influyen en el estilo atribucional o explicatorio que tenemos. Entonces,  ¿Cómo se diferencia el estilo atribucional de las personas optimistas y pesimistas? Hay vario factores que los diferencian:

– Las personas pesimistas a menudo personalizan los eventos negativos, atribuyéndolos a causas permanentes y generales. Sin embargo, los eventos negativos tienden a atribuirlos a causas temporales, externas y específicas.

– La proyección del malestar actual  en el futuro crea una sensación de desesperanza

– Las personas optimistas tienden a atribuir los sucesos negativos a causas externas, y ven estos sucesos como temporales y específicos. Por el contrario, ven los sucesos positivos como personales, generales y permanentes.

– Gracias a este estilo atribucional los optimistas logran recuperarse antes de los acontecimientos negativos de la vida y vuelven a intentarlo de nuevo.

                Es posible cambiar nuestro «estilo atribucional» hacia uno más optimista. Esto se consigue practicando a diario y convirtiéndolo en un hábito. La terapia cognitiva puede ser de gran ayuda, siempre sin olvidar que el optimismo es un hábito. Es importante esforzarse y practicarlo a diario.

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 ¿Por qué no somos todos optimistas?

                Si ser optimista es tan bueno, ¿por qué no somos todos optimistas? Ser optimista nos ayuda a sentirnos mejor siempre que veamos la realidad de un modo más positivo, pero sin exagerarla o modificarla. Sin embargo a veces pensamos que ser optimista es negar la realidad y preferimos ser más “realistas” a la hora de evaluar lo que ocurre, es decir, preferimos pensar de un modo más pesimista. El pesimismo tiene también beneficios, y por eso nos es difícil abandonarlo:

– Las personas pesimistas tienen una ventaja sobre los optimistas: son más acertados a la hora de evaluar las situaciones de un modo más realista.

– El pesimismo es un protector contra la depresión

– Los optimistas tienden a exagerar el control que poseen sobre los sucesos

                El pesimismo muchas veces actúa como protector, ya que si no esperas que ocurra nada bueno parece que no te desilusionas nunca. Sin embargo es una trampa. Dejamos de sentir emociones positivas por miedo a dejar de sentirlas. Por ello el optimismo es más beneficioso para nuestro estado anímico y nuestro bienestar. No obstante, como hemos mencionado antes, hay que tratar de interpretar la realidad de un modo más constructivo, sin exagerarla o modificarla.

Inteligencia Emocional

Optimismo

¿Qué es el optimismo?

El optimismo es  la “propensión a ver y juzgar las cosas en su aspecto más favorable”. Es decir, ser optimista es ver el lado bueno de las situaciones.

Optimismo y bienestar

La psicología positiva es una rama de la psicología que surgió hace solo unos años, a manos de Seligman. Su principal objetivo es la búsqueda y el estudio de las cualidades positivas del ser humano. Desde este enfoque se han llevado a cabo estudios (Lyubomirsky) para averiguar qué factores son los que afectan a nuestro bienestar. Sorprendentemente el estudio concluyó lo siguiente:

  • 50% de nuestra felicidad se debe a factores genéticos
  • 40 % de nuestra felicidad se debe a nuestra actitud, nuestras actividades y nuestros hábitos. Todos estos factores son modificables.
  • 10% de nuestra felicidad se debe a las circunstancias vitales, tales como el poder adquisitivo, tener cubiertas las necesidades básicas y la seguridad.

Lo sorprendente de este estudio es que gran parte de nuestra felicidad se debe a cómo afrontamos la vida. Nuestra actitud, nuestros hábitos y nuestra manera de pensar son clave para lograr nuestro bienestar. ¡Y la buena noticia es que podemos controlarlos y modificarlos!

Una actitud optimista consigue que aumente nuestra sensación de bienestar, ya que al centrarnos en el lado positivo de los sucesos sentiremos más emociones positivas y menos emociones negativas.

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¿Cuál es el objetivo de ser optimista?

El objetivo de ser optimista es de lograr nuestro bienestar tanto subjetivo como psicológico.

Bienestar subjetivo      

El bienestar subjetivo es básicamente la evitación del dolor y el logro del placer. Es el tipo de bienestar más instintivo y muchas veces nos guiamos por el a la hora de tomar decisiones. El bienestar subjetivo se compone de nuestro estado de ánimo, de nuestra satisfacción vital y nuestra satisfacción en dominios concretos de nuestra vida, como pueden ser el trabajo o la familia.  Lo importante para lograr este bienestar no es estar siempre contento o estar exageradamente alegre, sino conseguir que las emociones positivas sean frecuentes. Cada emoción tiene una función específica, incluso las emociones desagradables, por eso no podemos dejar de sentirlas o rechazarlas. Lo que si podemos hacer es aumentar la frecuencia de las emociones positivas a través de nuestra actitud y manera de pensar.

Estudiando las emociones positivas y su utilidad (Fredrickson) se ha descubierto que tener emociones positivas de un modo frecuente aumenta nuestro repertorio de pensamiento y nuestra conducta, haciendo que seamos más creativos a la hora de solucionar los problemas diarios. Las emociones positivas también ayudan a aumentar nuestros recursos personales y sociales, lo que amortigua el impacto que tienen sobre nosotros las emociones negativas.

En definitiva, las emociones positivas nos ayudan a ser creativos y resolutivos, y además evitan que las emociones negativas nos afecten tanto.  El optimismo es una actitud que nos ayuda a fomentar estas emociones positivas, haciendo que gradualmente nos sintamos mejor.

Bienestar psicológico

Más allá de la evitación del dolor y la búsqueda de placer se encuentra otro tipo de bienestar: el bienestar psicológico. Se trata de buscar el funcionamiento psicológico óptimo. Para ello se busca la autodeterminación, la cual está compuesta por varios objetivos (Deci y Ryan).

  • Satisfacer las necesidades psicológicas básicas: autonomía, vinculación y competencia
    • Tener un sistema de metas congruente: metas coherentes con nuestros valores e intereses.

Es decir, el bienestar psicológico consiste en desarrollar la autonomía y la vinculación teniendo unas metas que nos motiven pero que no nos supongan una presión excesiva.

Entender en qué consisten estos dos tipos de bienestar sirve para entender qué necesitan nuestros hijos y cómo podemos ofrecérselo. En ocasiones el desarrollo de su autonomía puede llevar a comprometer su bienestar subjetivo a corto plazo, pero a largo plazo merece la pena. Para afrontar los problemas con nuestros de una manera optimista hay que buscar el lado constructivo, aquel que nos permite encontrar una solución que consiga consecuencias positivas duraderas.

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Por ejemplo, imagina que tu hijo viene a casa diciendo que no quiere volver al colegio porque tiene que hablar delante de toda la clase al día siguiente:

– Si le permitimos no ir a clase al día siguiente estaremos evitándole el malestar que le causa el tener que hablar en público, pero estaremos comprometiendo su autonomía.

– Si le regañamos por no querer ir a clase, estaremos aumentando aún más su malestar.

– Si tratamos de quitarle importancia a su malestar estaremos transmitiéndole que las emociones negativas no deben ser experimentadas o que no son útiles.

La manera optimista de afrontar esta situación sería a través de varios pasos.

– En primer lugar sería positivo legitimar el sentimiento de nuestro hijo, comunicándole que entendemos que este nervioso por su presentación: hablar en público es una situación novedosa, y por ello resulta algo inquietante.

– En segundo lugar podemos señalarle lo positivo de la emoción: “estar nervioso es una reacción normal de nuestro cuerpo, hace que estemos preparados y gracias a ello nos centramos mejor. Solo se convierte en negativa si dejamos que nos domine”.

– Por último, podemos señalarle a nuestro hijo lo positivo de la situación: “hablar en público es algo que vas a tener que hacer y es estupendo que empieces a practicarlo. Cuanto más lo practique mejor se te dará”.

Con el enfoque optimista logramos dos objetivos: legitimar lo que siente nuestro hijo y escuchar su necesidad de ser comprendido. A la vez fomentamos su autonomía y le mostramos lo positivo de la situación, haciendo así que sus emociones positivas aumenten.

Bibliografía:

Amigo, Isaac, Psicología de la Salud

Deci, Ryan (2000) La Teoría de la Autodeterminación y la Facilitación de la Motivación Intrínseca, el Desarrollo Social, y el Bienestar, American Psychologist, Vol. 55, No. 1, 68-78

Fredrickson, B.L. (1998). What good are positive emotions? Review of General Psychology, 2(3), 300-319

Lyubomirsky, S. (2008) “El Cómo de la Felicidad”

Patterson, G. R. (1982) A social learning approach vol 3: Coercive Family Process. Castalia

Inteligencia Emocional

Ser Feliz sin tener Nada

Ser feliz sin tener nada, ser infeliz teniéndolo todo

  Muchas personas con escasos recursos económicos o dificultades sociales parecen tener siempre una sonrisa en los labios. Ríen y disfrutan del tiempo que tienen a pesar de de haber tenido un pasado duro o de no ser excesivamente ricos. ¿Por qué hay tanta diferencia entre el grado de felicidad de una persona a otra? ¿Por qué hay personas que aunque parezcan tenerlo todo son infelices? ¿Por qué hay personas que no tienen nada y aún así disfrutan de la vida? ¿El dinero da la felicidad? Recientes estudios psicológicos indican que los motivos económicos suponen únicamente un 10% de la felicidad (una vez que las necesidades básicas como la alimentación, el sueño y la seguridad están cubiertas). Para entender por qué ocurre esto primero hay que preguntarse qué es ser feliz.

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            ¿Qué es la felicidad?

       La felicidad es un estado emocional positivo que surge de la satisfacción de las metas deseadas. Se compone de dos tipos de bienestar: el subjetivo y el psicológico. En general solemos centrarnos en alcanzar un bienestar subjetivo, es decir, en tener todas nuestras necesidades básicas cubiertas (lo que comúnmente llamamos «sobrevivir»). El bienestar psicológico va mucho más allá; busca ser feliz y sentirse pleno. Para ello son necesarios dos factores: tener metas alcanzables y sentir satisfechas las necesidades psicológicas básicas. Estas necesidades psicológicas consisten en autonomía, vinculación y competencia personal. La manera de conseguir satisfacerlas es a través de la autoaceptación, de las relaciones positivas con los demás y de la confianza en nuestras capacidades para lograr lo que queramos. La seguridad y la autoestima son los pilares básicos de la felicidad.

            La receta de la felicidad

      La receta de la felicidad es muy sencilla: una pizca de autoestima, unas cuantas metas alcanzables y una taza de relaciones satisfactorias. Parece fácil, pero ¿cómo conseguir los ingredientes necesarios? Entrenando.

      La felicidad es una carrera de fondo. Hay que entrenar a diario para fortalecerse y llegar a la meta. Si entrenamos estando lesionados no llegaremos a estar nunca fuertes para cruzar la meta. Para sentir el impulso necesario tenemos que sentir que somos capaces de lograr lo que nos propongamos. Cuantas más metas alcancemos más seguros nos sentiremos con nuestras capacidades. El sentir que somos autónomos y resolutivos hace que crezca nuestra autoestima y seguridad. Y al crecer nuestra autoestima conseguiremos más objetivos. Es la pescadilla que se muerde la cola. Autoestima y logro se retroalimentan.

   Si entrenamos duramente durante meses y no nos recompensamos lo suficiente dejaremos la carrera antes de llegar a la meta. En ocasiones somos muy exigentes con nosotros mismos y eso nos lleva a no sentirnos realizados. Por ello es necesario buscar metas que supongan un reto y que nos motiven, sin llegar a ser inalcanzables. Por lo tanto la clave de la felicidad reside en no tenerlo todo. Necesitamos algo que nos impulse y motive. Necesitamos una ilusión. Las pequeñas metas harán que nos mantengamos activos y que centremos nuestra atención en ellas.

 

     Si entrenamos solos no llegaremos a nuestro objetivo. Las relaciones sociales son fundamentales para alcanzar nuestro máximo potencial. Nuestro entorno social nos brinda apoyo cuando estamos bajos de ánimo, y nos hace sentir útiles cuando somos nosotros los que ofrecemos ayuda. No obstante, hay que tener cuidado con acomodarse en la seguridad que nos aportan nuestra familia y amigos. La sobreprotección puede tener consecuencias negativas, ya que crea una zona de confort que no nos invita a probar nuevos retos. Paradójicamente al tener todas nuestras necesidades cubiertas por una familia excesivamente protectora la búsqueda de la felicidad se dificulta. Esto se debe a dos motivos: no sentimos merecer las facilidades que tenemos, ya que no provienen de nosotros, y nos sentimos asfixiados, porque resulta no sabemos si seremos capaces de vivir sin las comodidades a las que estamos acostumbrados. Desarrollar la autonomía es difícil cuando se somos muy dependientes de nuestra familia o fuente de apoyo. Y sin autonomía la autoestima decrece.

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        Por lo tanto es importante buscar un equilibrio entre autonomía y apoyo social. Para ello las relaciones con los demás han de ser equilibradas. Los demás pueden acompañarnos en nuestro camino, pero la meta hay que cruzarla solo. Los logros son personales. Para sentirnos realmente motivados las metas tienen venir de cada uno de nosotros.

      En definitiva, con estos ingredientes todo el mundo puede ser feliz. La clave reside en apreciar lo que tenemos y en fomentar nuestra autonomía. Para ello debemos lograr dos cosas: apreciar lo que tenemos, y buscar pequeños retos diarios que nos motiven.

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