Dificultad de poner límites

¿Por qué me cuesta tanto decir que no? La dificultad para poner límites

Hay personas a las que les cuesta mucho decir que no. Aceptan planes que no desean, ayudan incluso cuando están cansadas, asumen responsabilidades que no les corresponden o permanecen disponibles para los demás aunque necesiten tiempo para sí mismas.

A veces son conscientes de ello y se preguntan por qué no consiguen actuar de otra manera. Pueden saber que están haciendo algo que no quieren hacer y, sin embargo, sentir que en el momento de negarse aparece un malestar difícil de tolerar.

Desde fuera puede parecer que se trata simplemente de aprender a poner límites. Sin embargo, cuando esta dificultad se repite, puede haber algo más profundo en juego.

Porque no siempre decimos que sí porque queremos hacerlo. A veces lo hacemos porque necesitamos algo del otro, porque tememos perder su afecto, porque sentimos culpa o porque resulta difícil reconocer y sostener nuestro propio deseo.

¿Qué significa para mí decir que no?

Un “no” puede parecer una palabra sencilla, pero no significa lo mismo para todo el mundo.

Para algunas personas puede ser simplemente la expresión de una preferencia. Para otras, en cambio, puede estar asociado al egoísmo, al rechazo o a la posibilidad de decepcionar a alguien importante.

Por eso, cuando decir que no genera una dificultad importante, puede ser interesante preguntarse qué significa ese “no” para nosotros.

No se trata solamente de saber que tenemos derecho a poner límites, sino de comprender por qué ejercer ese derecho puede resultar tan difícil.

En ocasiones, detrás de una negativa aparentemente sencilla se ponen en juego sentimientos mucho más complejos: el miedo a perder el amor del otro, la culpa por priorizar las propias necesidades o la sensación de que para ser querido es necesario estar siempre disponible.

El deseo del otro y nuestro propio deseo

Hay personas que saben con mucha facilidad qué necesitan los demás, qué esperan de ellas o qué sería conveniente hacer. Sin embargo, cuando se les pregunta qué quieren ellas mismas, pueden tener más dificultades para responder.

Cuando durante mucho tiempo hemos estado muy pendientes de las necesidades y expectativas de quienes nos rodean, puede resultar difícil distinguir entre lo que hacemos porque realmente lo deseamos y lo que hacemos porque sentimos que debemos hacerlo.

Decir que no implica reconocer que existe un deseo propio que puede no coincidir con el del otro. Y aceptar esta diferencia no siempre resulta sencillo.

A veces hemos aprendido a adaptarnos tanto a las necesidades de los demás que dejamos de prestar atención a las nuestras. Podemos saber perfectamente qué esperan de nosotros y, sin embargo, no tener muy claro qué esperamos nosotros mismos.

Preguntarnos qué queremos, qué necesitamos y qué estamos dispuestos a ofrecer puede ser más difícil de lo que parece.

El miedo a perder el amor

En algunas ocasiones, detrás de la dificultad para poner límites aparece el temor a perder el vínculo.

Puede existir una sensación, no siempre consciente, de que el afecto depende de nuestra capacidad para satisfacer al otro. De este modo, decepcionar a alguien puede sentirse como algo mucho más importante que la simple frustración de una expectativa.

Decir que no deja entonces de ser solamente una negativa ante una petición concreta y puede convertirse en la posibilidad de perder el reconocimiento, el cariño o incluso el lugar que sentimos que ocupamos para esa persona.

Cuando esto ocurre, puede ser interesante preguntarse de dónde procede esta manera de entender los vínculos. Qué experiencias nos llevaron a sentir que teníamos que adaptarnos a los demás para conservar nuestro lugar y qué ocurre dentro de nosotros cuando aparece la posibilidad de decepcionar a alguien.

No siempre encontramos respuestas conscientes a estas preguntas. En ocasiones, determinados patrones se repiten sin que podamos explicar exactamente por qué.

La culpa cuando hacemos algo para nosotros mismos

Una de las razones por las que poner límites puede resultar tan complicado es la culpa.

Una persona puede saber que necesita descansar y, sin embargo, sentirse mal por no ayudar. Puede necesitar tiempo para sí misma y vivirlo como algo egoísta. Incluso puede rechazar una petición razonable y continuar preguntándose después si ha hecho algo incorrecto.

La culpa no siempre significa que hayamos hecho algo malo. A veces aparece porque estamos haciendo algo que entra en conflicto con una exigencia interna.

Podemos haber construido una idea muy exigente de lo que significa ser una buena pareja, un buen hijo, un buen amigo o una buena persona. Estar disponibles, ayudar, cuidar y evitar causar malestar pueden convertirse en obligaciones internas que dejan poco espacio para nuestras propias necesidades.

Cuando estas exigencias son muy fuertes, atendernos a nosotros mismos puede sentirse como una transgresión.

Y entonces aparece la culpa.

¿Qué ocurre cuando el otro se enfada?

Poner un límite implica también aceptar que el otro puede reaccionar.

Puede enfadarse, decepcionarse o no comprender nuestra decisión. Para algunas personas, esta posibilidad resulta especialmente difícil de tolerar.

Cuando el malestar del otro se vive como una señal de que hemos hecho algo malo, puede resultar muy difícil mantener nuestra posición. El límite se retira entonces para recuperar rápidamente la tranquilidad de la relación.

Primero decimos que no, después aparece la culpa y finalmente cedemos.

En estos casos, quizá no se trate tanto de no saber poner un límite como de no poder tolerar lo que sentimos cuando lo ponemos.

Esta diferencia es importante. Porque aprender a relacionarnos de otra manera no consiste únicamente en encontrar una forma más firme de expresar nuestras decisiones, sino también en poder soportar el malestar que puede acompañarlas.

El resentimiento y el precio de decir siempre que sí

Cuando una persona renuncia repetidamente a sus propios deseos, puede aparecer resentimiento.

Puede sentir que siempre está disponible para los demás, que nadie tiene en cuenta sus necesidades o que los demás se han acostumbrado a esperar demasiado de ella.

Estos sentimientos pueden ser comprensibles. Pero también pueden abrir una pregunta importante: ¿qué lugar he ocupado yo misma en esta situación?

Esto no significa responsabilizar a la persona de que los demás puedan exigirle demasiado. Significa explorar qué papel desempeña su propia dificultad para poner límites.

A veces esperamos que los demás sepan lo que necesitamos sin haber podido expresarlo. O esperamos que reconozcan nuestro esfuerzo y nos lo devuelvan espontáneamente.

Cuando esto no ocurre, puede aparecer un profundo sentimiento de injusticia.

El resentimiento puede señalar entonces una distancia cada vez mayor entre lo que hacemos por los demás y lo que realmente deseamos hacer.

Cuando cuidar al otro permite evitar el propio deseo

Hay ocasiones en las que estar excesivamente pendiente de los demás puede convertirse también en una manera de no entrar en contacto con uno mismo.

Mientras estamos ocupados atendiendo las necesidades de nuestra pareja, nuestra familia, nuestros amigos o nuestro trabajo, quizá no tengamos que preguntarnos qué queremos nosotros.

Cuidar puede ocupar tanto espacio que nuestras propias necesidades quedan en segundo plano.

Una persona puede sentirse necesaria, responsable o imprescindible y encontrar ahí una parte importante de su identidad. En ese contexto, decir que no supondría algo más que rechazar una petición. Podría significar renunciar, aunque sea momentáneamente, al lugar que ocupa para el otro.

Y eso puede generar una angustia difícil de comprender desde fuera.

Poner un límite también puede modificar una relación

Cuando empezamos a decir que no, las relaciones pueden cambiar.

No necesariamente porque se deterioren, sino porque dejan de funcionar exactamente de la misma manera. El otro puede descubrir que no siempre estamos disponibles y tener que aceptar que nuestros deseos no coinciden con los suyos.

Al mismo tiempo, nosotros podemos descubrir cómo responde el otro cuando dejamos de adaptarnos constantemente.

Esto puede resultar revelador.

A veces comprobamos que el vínculo puede soportar perfectamente nuestras diferencias. En otras ocasiones, podemos descubrir que una relación estaba sostenida, al menos en parte, por nuestra renuncia.

En ambos casos, el límite permite conocer algo más de la relación y de nosotros mismos.

Poner límites no significa dejar de querer

Una de las dificultades más profundas puede ser aceptar que podemos mantener el amor hacia alguien y, al mismo tiempo, no satisfacer todos sus deseos.

Podemos querer y no estar disponibles. Podemos cuidar y poner límites. Podemos decepcionar y seguir siendo queridos.

Una relación no elimina la diferencia entre dos personas. El otro tiene sus deseos y nosotros tenemos los nuestros.

Poder aceptar esta diferencia permite que el vínculo no dependa de que una de las personas tenga que renunciar constantemente a sí misma para mantenerlo.

Por eso, poner un límite no tiene por qué ser un acto de rechazo. Puede ser también una forma de reconocer que existen dos personas distintas dentro de una relación.

No se trata de aprender a decir que no a todo

Poner límites no significa convertirse en una persona que siempre antepone sus necesidades a las de los demás. Tampoco se trata de aprender a decir “no” de manera automática.

Hay ocasiones en las que queremos hacer algo por otra persona aunque suponga un esfuerzo. Podemos ceder, cuidar, acompañar o renunciar a algo propio porque lo deseamos.

La cuestión está en poder diferenciar una elección de una imposibilidad.

¿Estoy haciendo esto porque quiero hacerlo o porque siento que no puedo hacer otra cosa?

Esta diferencia puede ser pequeña desde fuera, pero muy importante.

Una persona puede hacer un esfuerzo por alguien que quiere y sentirse satisfecha con ello. Otra puede hacer exactamente lo mismo y sentir que no tenía alternativa.

Lo que hacemos puede parecer igual. Lo que está ocurriendo internamente puede ser muy diferente.

Comprender qué hay detrás de nuestro “sí”

Cuando una persona siente que no puede decir que no, puede ser útil preguntarse no solamente cómo aprender a poner límites, sino también qué hace tan difícil ponerlos.

¿Qué tememos que ocurra si decimos que no? ¿Qué significa para nosotros decepcionar a alguien? ¿Por qué puede resultar tan difícil tolerar que otra persona esté enfadada con nosotros? ¿Qué sentimos que debemos hacer para ser queridos?

Y quizá una pregunta todavía más profunda: ¿qué ocurre con nuestro propio deseo cuando estamos constantemente ocupados respondiendo al deseo de los demás?

Estas preguntas pueden abrir un espacio para comprender conflictos que, de otro modo, pueden repetirse una y otra vez en nuestras relaciones.

La psicoterapia puede ayudar a explorar de dónde procede esta dificultad y qué lugar ocupa en nuestra manera de relacionarnos con los demás y con nosotros mismos.

Si te resulta difícil decir que no, poner límites o priorizar tus propias necesidades sin sentir culpa, la terapia puede ayudarte a comprender qué hay detrás de esta dificultad y cómo influye en tu manera de relacionarte con los demás.

Explorar estos patrones puede permitirte relacionarte de una forma más libre, sin que cuidar de ti mismo implique sentir que estás perdiendo al otro.

Sesiones disponibles en Madrid o en línea.

Solicita tu cita aquí

Tabla de contenidos

Diana Faon Psicoterapia

Te respondo lo antes posible